Tradición, pólvora y sabor en las Fiestas de...
El enigma de la isla interior
Castellar-Oliveral, el origen acuático de la Valencia medieval
Apenas a diez minutos del bullicio del centro de Valencia existe un lugar donde el suelo aún guarda el recuerdo del agua. Hoy lo conocemos como la pedanía de Castellar-Oliveral, pero hace siglos, este enclave no era una llanura de huerta infinita, sino una isla estratégica que emergía entre el río Turia, la Albufera y el mar.
Redescubrir la historia de Castellar es entender cómo la ingeniería humana y el capricho de la naturaleza transformaron un archipiélago fluvial en uno de los pulmones agrícolas más importantes de la capital.
Una isla en un mar de cañares
En la época medieval, el delta del Turia era un laberinto de brazos de agua, marjales y lagunas. Castellar se alzaba como una elevación natural de terreno —una "mota"— que quedaba aislada durante las crecidas del río y las mareas de la Albufera.
Los registros históricos y los estudios arqueológicos confirman que su acceso original era complejo, lo que la convertía en un refugio natural. Su nombre, "Castellar", sugiere la presencia de una estructura defensiva o una torre que vigilaba el paso de las aguas, controlando el tráfico de barcazas que conectaban la Albufera con la ciudad.
El origen medieval: El "Donativo" de Jaume I
La importancia de esta "isla" se consolidó tras la conquista de Valencia en el siglo XIII. El rey Jaume I, consciente del valor estratégico de las tierras que rodeaban la ciudad, incluyó estas zonas en el Llibre del Repartiment.
Asentamiento cristiano: Los nuevos pobladores tuvieron que aprender a convivir con un entorno hostil y húmedo.
La desecación: Con el paso de los siglos, la construcción de acequias y el aterramiento natural (sedimentos depositados por el Turia) fueron "cosiendo" la isla al continente.
Oliveral: El apellido del pueblo llegó más tarde, cuando la desecación permitió que las tierras, antes inundadas, fueran aptas para el cultivo, no solo de arroz, sino de olivos y hortalizas.
Arquitectura de supervivencia: Alquerías y barracas
Pasear hoy por el núcleo antiguo de Castellar es ver las cicatrices de su pasado insular. La disposición de sus calles y la tipología de sus construcciones responden a una necesidad: elevarse sobre el nivel freático.
Las alquerías de la zona son ejemplos de arquitectura de resistencia, con muros gruesos y plantas bajas preparadas para las humedades. El pueblo creció siguiendo la línea de las acequias, que heredaron el trazado de los antiguos brazos del río que una vez rodearon la isla original.
Un patrimonio que lucha por no desaparecer
A pesar de la urbanización y las infraestructuras modernas (como el nuevo cauce del Turia que lo separa físicamente de la ciudad), Castellar-Oliveral mantiene una identidad propia muy fuerte. Sus habitantes se sienten depositarios de una forma de vida vinculada a la tierra y al agua que se remonta a la Edad Media.
Hoy, en 2026, el reto es proteger este patrimonio inmaterial. La declaración de la Huerta de Valencia como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM) por la FAO ha puesto el foco en lugares como este, recordándonos que lo que hoy pisamos fue, hace 800 años, un territorio de barcas y pescadores.
¿Sabías qué?
El rastro de la antigua isla es todavía visible en la topografía. Si se observa un mapa de curvas de nivel, se percibe claramente cómo el casco antiguo de Castellar se asienta sobre una ligera elevación que la protegía de las inundaciones que históricamente anegaban los campos circundantes.